remember…

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Para mucha gente, el amor es una apuesta a todo o nada.
Quienes juegan así pueden equivocarse, y sobre ese equívoco
giran un buen número de novelas. Don Quijote dedicaba cada
una de sus hazañas a Dulcinea, una campesina a la que él
había idealizado pero con la que nunca llegó a casarse;

otros personajes más siniestros, como el protagonista de
Rojo y Negro, fingen estar enamorados porque ese modo
pueden conseguir poder y dinero.
Los filósofos orientales nos aconsejan convertir el amor en
un jardín que hay que cultivar todos los días, sea invierno
o verano. Su forma de entender el amor es muy parecida,
a ver crecer una planta.
Los occidentales preferimos historias más intensas, y a poder
ser drámaticas; preferimos los amores imposibles de Romeo
y Julieta o los amores inquietantes de Cumbres Borrascosas.
Seguramente el amor, el verdadero amor, sea una historia
sin historia…
Los novelistas occidentales lo convierten en un
espectáculo público y los jardineros orientales en una experiencia
íntima.
Unos lo viven de forma breve e intensa, a veces incluso
de forma trágica, mientras que los otros se conforman
con vivirlo de forma pausada y plena.
Creo que nos corresponde a cada persona elegir cuál es la mejor opción…
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